miércoles, 19 de agosto de 2009

Maravillas del mundo


Las Cataratas del Iguazú, finalistas de las maravillas del mundo
Son uno de los 28 destinos seleccionados para continuar en la última etapa del concurso; ahora, se renovó la votación pública a través de Internet para llegar a la lista definitiva en 2011


Las Cataratas del Iguazú, finalistas de las maravillas del mundo Las cataratas, candidata para las maravillas del mundo

El grupo de expertos del concurso de las Siete Maravillas del Mundo Natural eligió a las Cataratas del Iguazú como unas de las 28 finalistas del certamen.

Las cataratas se clasificaron junto a otros cuatro atractivos de América latina: la Selva Amazónica, el Salto del Ángel, El Yunque y las Islas Galápagos.

Así lo decidió hoy un grupo de seis especialistas presididos por el ex director general de la UNESCO Federico Mayor Zaragoza, que eligieron entre 77 candidatos preseleccionados por millones de internautas.

Los enclaves latinoamericanos abarcan 11 países, algunos de los cuales se repiten dado que la Selva Amazónica forma parte de Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guayana, Guayana Francesa, Perú, Surinam, y Venezuela; El Salto del Ángel está en Venezuela; El Yunque, en Puerto Rico; las Islas Galápagos, en Ecuador; y las Cataratas del Iguazú, en Brasil y Argentina.

Entre los candidatos no se encuentran como finalistas ni el lago Titicaca (Bolivia/ Perú) ni las Cataratas del Niágara (Canadá), destinos que precedieron a las Cataratas del Iguazú en último ranking por cantidad de votos. Tampoco está como finalista el archipiélago Fernando Noronha de Brasil, uno de los atractivos más votados anteriormente.

Ahora, se reanuda el proceso de votación pública a través de Internet, para llegar a la lista definitiva en 2011. La campaña empezó en 2007, con 440 emplazamientos en 220 países. Los criterios para la selección son belleza, diversidad, importancia ecológica, legado histórico y localización geográfica.

Los finalistas. Además de los latinoamericanos, otros de los atractivos seleccionados fueron la Bahía del Fundy, en Canadá; la Selva Negra, en Alemania; Bu Tinah Shoals, en los Emiratos Árabes Unidos; los Acantilados de Moher, en Irlanda; y el Mar Muerto, en Palestina, Jordania e Israel.

Además, el Vesubio (Italia); la bahía de Ha Long (Vietnam) el monte Kilimanjaro (Tanzania); la gran barrera de coral (Australia y Papua Nueva Guinea); el Gran Cañón (Estados Unidos); Jeita Grotto (Líbano); y Jeju Island (Corea del Sur).

La lista se completa con Komodo, en Indonesia; las Islas Maldivas; el Lago Masurian, en Polonia; el Monte Cervino, en Suiza e Italia; Milford Sound, en Nueva Zelanda; los volcanes de barro, en Azerbaiyán; el Río Subterráneo de Puerto Princesa, en Filipinas; la Montaña Mesa de Sudáfrica; el Uluru, en Australia; y el Yushan, en Taiwán.

domingo, 9 de agosto de 2009

CUENTOS PARA DISFRUTAR

La marioneta

El marionetista, ebrio, se tambalea mal sostenido por invisibles y precarios hilos. Sus ojos, en agonía alucinada, no atinan la esperanza de un soporte. Empujado o atraído por un caos de círculos y esguinces, trastabilla sobre el desorden de un camerino, eslabona angustias de inestabilidad, oscila hacia el vértigo de una inevitable caída. Y en última y frustrada resistencia, se despeña al fin como muñeco absurdo.

La marioneta –un payaso cuyo rostro de madera asoma, tras el guiño sonriente, una nostalgia infinita- ha observado el drama de quien le da transitoria y ajena locomoción. Sus ojos parecen concebir lágrimas concretas, incapaz de ceder al marionetista la trama de los hilos con los cuales él adquiere movimiento.

Edmundo Valadés


El gato de Cheshire

Un loco había volado por debajo del puente y él no podía ser menos. Al leer la noticia en los periódicos, aún sabiendo que era una locura, comprendió que tendría que repetir la hazaña. Para hacerla difícil usó un aeroplano más grande, voló de noche, fue y volvió. Y ahora, sano y salvo en su casa, advierte que no ha terminado todavía la hazaña, falta superar el exhibicionismo, no decir nada a nadie.

Enrique Anderson Imbert

El violinista

Era un violinista tan bueno y tan pobre que, cuando tocaba, los ángeles, con tal de oírlo, bajaban a rascarle la cabeza mientras tenía las dos manos ocupadas en tocar (gran homenaje por parte de ellos pues consideran a este mundo muy sucio).
El violinista murió y, enseguida, lo acaparó Dios según hace siempre con lo mejor del mundo. En el cielo todos son haraganes y todo se les vuelve juntar las manos y adorar; en cambio, el mundo, es el lugar del trabajo y del estudio.
El violinista compareció ante Dios. El Pobre estaba neurasténico a causa de su eternidad y asqueado de las óperas italianas. Wagner todavía no era conocido debido a una discreta interposición de Roma.
Dios le pidió un repertorio serio. También gustó de la técnica brillante que caía justa en su oído omnipercipiente.

- ¿Qué quieres-le dijo Dios- a cambio de tus sonatas?
El músico respondió:
Que me nutran, que me rasquen la cabeza como antes, que me abaniquen con las alas de los ángeles en verano, y si aquí hay invierno, que me traigan un pequeño demonio con fuego de ese lugar que es de mal gusto nombrar aquí en el cielo y en Inglaterra. Que los ángeles no toquen mi violín pues temo fundadamente que sólo interpretan bien la “música celestial”. Además lo necesito para mi propia Gloria. Yo les afinaré el cielo. Amén.

Santiago Dabove


Un paciente en disminución

El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil y prolongado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era sólo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba llamar.
El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y “meneando con grave modo” la cabeza resolvió:
-Hay demasiado pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario, a un cirujano.

Italo Calvino


La leyenda de Carlomagno

El emperador Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana. Los nobles de la corte estaban muy preocupados porque el soberano, poseído de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos del Imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente, los dignatarios respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor de Carlomagno no había muerto con ella. El Emperador, que había hecho llevar a su aposento el cadáver embalsamado, no quería separarse de él. El arzobispo Turpín, asustado de esta macabra pasión, sospechó un encantamiento y quiso examinar el cadáver. Escondido debajo de la lengua muerta encontró un anillo con una piedra preciosa. No bien el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró a dar sepultura al cadáver y volcó su amor en la persona del arzobispo. Para escapar de la embarazosa situación, Turpín arrojó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró del lago Constanza y no quiso alejarse nunca más de sus orillas.

Macedonio Fernández

Destino de las explicaciones


En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas las explicaciones. Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural.

Julio Cortázar

El otro yo

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

Mario Benedetti